Hubo un tiempo en el que el contrato social entre una estrella de cine y su público era sencillo: nosotros pagábamos una entrada (o una suscripción) y ellos, a cambio, nos regalaban un par de horas de evasión. Eran los bufones modernos, los encargados de hacernos reír, llorar o saltar del asiento desde la seguridad de la pantalla.

Pero algo ha cambiado. Últimamente, parece que el precio de la entrada incluye, obligatoriamente, una lección de moralina envuelta en purpurina.

El bufón con complejo de mesías

Históricamente, el bufón era el único que podía decirle la verdad al rey, pero siempre supo que su cabeza dependía de su capacidad para divertir. Hoy, los «bufones» de Hollywood —aquellos que cobran veinte millones de dólares por fingir que son superhéroes o capitanes de barco— parecen haber olvidado la parte de «divertir» para centrarse en la de «adoctrinar».

Resulta fascinante (y un tanto irritante) ver cómo personas que viven en mansiones con más baños que habitantes, protegidas por muros y seguridad privada, deciden bajarse del pedestal —solo un momento— para explicarnos al resto de los mortales cómo debemos vivir, qué debemos reciclar o qué causas sociales debemos abrazar esta semana.

La receta del sermón perfecto:

  • Un pedestal de platino: Una alfombra roja es el lugar ideal para dar lecciones sobre la humildad y el reparto de la riqueza.

  • La temática de moda: Ya sea el clima, la política internacional o el último «ismo» que sea tendencia en redes, siempre hay un guion que seguir fuera de la pantalla.

  • Cero consecuencias: Es fácil pedir sacrificios cuando tu cuenta bancaria tiene más ceros que neuronas el guionista promedio de una secuela innecesaria.

Actuar es su oficio, no su autoridad moral

No nos confundamos. Que alguien sea capaz de memorizar líneas y llorar a cámara lenta no lo convierte automáticamente en un filósofo, un sociólogo o un experto en ética. Son expertos en la simulación. Su talento reside, precisamente, en hacernos creer que son algo que no son. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en tratarlos como si fueran las voces de la conciencia global?

Es curioso cómo estos discursos siempre coinciden con el estreno de su próxima película o la campaña para los Oscar. La indignación parece ser el accesorio de moda más rentable de la temporada.

«La diferencia entre un actor y un profeta es que el actor cobra por el papel y el profeta suele acabar mal. En Hollywood, prefieren lo primero mientras fingen lo segundo.»

Menos discursos, más espectáculo

Al final del día, el público está saturado. No buscamos en la gran pantalla un catecismo de valores procesados por un departamento de marketing. Buscamos arte, evasión y talento.

Queremos que vuelvan a ser esos bufones exorbitadamente pagados que nos hacían olvidar nuestros problemas, no que se conviertan en los problemas que queremos olvidar. El mundo ya es suficientemente complicado como para que alguien que vive en una burbuja de privilegios nos diga que estamos haciendo las cosas mal.

Queridos actores: guarden el sermón para su terapeuta y dennos una buena actuación. Para lecciones de moral, ya tenemos a nuestras abuelas, que al menos no nos cobran 12 euros por el consejo.

¿Qué opinas? ¿Crees que la era de la «celebridad activista» está llegando a su fin o solo acaba de empezar? ¡Te leo en los comentarios!