Hay libros que se leen con los ojos. Este se lee con el cuello hacia arriba.

Res Silentis es la ópera prima en la ficción de Eduardo Garbayo, y llega con la honestidad desarmante de quien no pretende inventar nada nuevo, sino recuperar algo que echábamos de menos: la ciencia ficción que huele a lápiz de ingeniero y a maravilla genuina. Una carta de amor declarada a los clásicos del género, escrita por alguien que entiende que explicar el universo con rigor y con pasión no son objetivos contradictorios.

La novela arranca donde pocos se atreven: en nosotros mismos. En ese primer soñador del Pleistoceno que salió de la cueva, ignoró a los depredadores y levantó la vista. Desde ahí, Garbayo construye una historia de primer contacto que no empieza con una nave sobrevolando la Casa Blanca ni con una señal de radio interceptada en un búnker. Empieza en la órbita cementerio, ese lugar olvidado donde los satélites van a morir en silencio, y donde un descubrimiento no desata una guerra, sino algo mucho más perturbador: una crisis de comprensión.

Lo que distingue a Res Silentis de la ciencia ficción de espectáculo es su negativa a tomar atajos emocionales. Aquí el cosmos no coopera con nuestras expectativas, y el contacto —si es que puede llamarse así— no llega de la forma que Hollywood nos ha enseñado a desear. La pregunta que vertebra la novela no es si estamos solos, sino si somos capaces de entender lo que encontramos cuando dejamos de estarlo.

Con una estructura en cinco actos y una voz narrativa que oscila entre el ensayo apasionado y la tensión dramática, Garbayo demuestra que la grandeza del género siempre estuvo en las preguntas que deja abiertas, no en las respuestas que finge cerrar.

Para quienes echaban de menos aquella ciencia ficción que te hacía sentir pequeño y gigante al mismo tiempo.

«La Paradoja de Fermi tiene solución, y te va a gustar.»