Estamos rodeados de parlantes, ruedas de prensa y programas donde la política debería ser un ejercicio serio de ideas. Y sin embargo, lo que llega hasta nosotros a menudo es un desfile de lo previsible: frases hechas, gestos medidos y esa sensación —cada vez más amarga— de que estamos escuchando siempre la misma obra rehecha. Llamémoslo por su nombre: mediocridad.

Te ha pasado igual: enciendes la radio o abres el informativo y, en vez de propuestas o debate, te sirven un menú de ocurrencias y eufemismos. No es solo aburrimiento; es un problema que erosiona la confianza y debilita la democracia.

La mediocridad en cuatro actos

  • El truco del eslogan: Sustituir análisis por lemas memorables. Suena bien en un tuit. No resuelve nada en la realpolitik.
  • La seguridad del vacío: Más ropa retórica que contenido. Mucho gesto, pocas ideas.
  • El miedo al riesgo: Ideas tibias para no molestar a nadie… y así no cambiar nada.
  • El reciclaje profesional: Políticos de pago perpetuo que priorizan la supervivencia de su carrera sobre el interés común.

¿Por qué esto nos afecta de verdad?
Rompe el contrato: La ciudadanía espera representación capaz y honesta. La mediocridad incumple ese contrato básico.
Genera cinismo: Cuando lo que se ofrece es chapa y marketing, la gente deja de creer y, en consecuencia, deja de participar.
Empobrece el debate público: Si el listón intelectual y moral baja, las soluciones también lo hacen.

Señales que detecto en un político mediocre

  • Respuestas largas sin responder: mucho ruido, ninguna respuesta concreta.
  • Promesas que suenan bien hoy y desaparecen mañana.
  • Defensa del «status quo» como si fuera virtud.
  • Conversaciones en bucle: mismos temas, mismos eslóganes, repeticiones eternas.

Mi regla de tolerancia cero (versión política)
He decidido aplicar un criterio simple: si un político convierte la palabra en escenario y evita dar cuentas con concreción, apago la escucha activa. No es cinismo —es exigencia. Exigir claridad, datos y responsabilidades no es un capricho: es un deber cívico.

¿Qué podemos hacer?

  • Pedir pruebas, no promesas: exigir planes, plazos y métricas.
  • Valorar la sustancia sobre la pose: premiar la coherencia y la transparencia.
  • Recuperar la conversación seria: leer, informarse y debatir más allá del titular.

Reflexión final
La política no es un entretenimiento; es la forma en que organizamos la vida colectiva. Dejarla en manos de lo mediocre es regalar el futuro a la improvisación. Quizás la próxima vez que un político nos devuelva palabras vacías, lo mejor no sea aplaudir ni enfadarse: será preguntar, exigir y recordar que la mediocridad sólo prospera cuando la ciudadanía la tolera.

¿Te suena? ¿Qué gesto político te pone en alerta roja? Cuenta cuál es la frase o el gesto que ya no aguantas —y por qué.