Hay experiencias difíciles de explicar incluso después de haberlas vivido. Una de ellas aparece en ocasiones al pasar por un servicio de urgencias: la sensación de observarse desde fuera, como si la propia vida estuviera ocurriendo en una pantalla; la percepción de que el tiempo se ha detenido o avanza de forma irregular; y la impresión de que otras personas han tomado el control de una situación que, hasta hace poco, pertenecía por completo a nuestra vida cotidiana.
El paper Liminalidad cinematográfica: una revisión interdisciplinar de la experiencia fenomenológica del paciente en los servicios de urgencias, se parte precisamente de esa intuición. Su objetivo no es establecer un nuevo diagnóstico, sino reunir perspectivas que normalmente trabajan por separado para comprender mejor qué experimentan los pacientes durante una estancia en urgencias.
Un fenómeno descrito desde varios campos
La propuesta se apoya en cuatro líneas de investigación. La primera procede de la psiquiatría del trauma y se centra en la disociación peritraumática. Este concepto describe alteraciones transitorias de la conciencia que pueden aparecer durante o después de una situación de peligro intenso: sentirse separado del propio cuerpo, percibir el entorno como irreal o experimentar una alteración del tiempo. Una investigación citada en el artículo encontró síntomas disociativos clínicamente significativos en el 28% de una muestra de pacientes atendidos tras accidentes de tráfico.
La segunda perspectiva es antropológica. El concepto de liminalidad, asociado a los ritos de paso, describe el periodo en que una persona deja atrás una identidad, pero todavía no ha incorporado plenamente la siguiente. En urgencias, alguien puede dejar de sentirse simplemente “una persona sana” sin saber aún si saldrá con un diagnóstico, será ingresado o volverá pronto a casa. Está, literalmente, entre estados.
La tercera dimensión es institucional. El paciente entra en un sistema organizado alrededor de protocolos, pruebas, turnos y decisiones técnicas. Aunque toda la actividad gira aparentemente en torno a él, no siempre participa de manera activa en lo que sucede. El paper relaciona esta experiencia con el “rol de enfermo” descrito por Talcott Parsons y con la “mirada clínica” de Michel Foucault: el cuerpo se convierte en un conjunto de constantes, imágenes y resultados, mientras la persona que vive esos síntomas puede quedar en un segundo plano.
La cuarta perspectiva es existencial. La enfermedad grave o la sospecha de que algo importante ocurre obligan a enfrentarse a la fragilidad, la incertidumbre y, en algunos casos, a la proximidad de la muerte. Un estudio reciente citado por el autor identifica precisamente la “vulnerabilidad existencial en un entorno técnico” como una experiencia habitual en pacientes de urgencias: miedo, desorientación, pérdida de control y dificultad para entender qué está pasando, todo ello dentro de un espacio diseñado para actuar con rapidez
El tiempo del paciente y el tiempo del hospital
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es su atención a la percepción temporal. Para el personal sanitario, una urgencia está formada por prioridades, protocolos y decisiones sucesivas. Para el paciente, en cambio, puede convertirse en una espera sin referencias claras: minutos que parecen horas, conversaciones que se recuerdan de manera fragmentaria y periodos de actividad intensa alternados con largos intervalos de incertidumbre.
El paper recoge una investigación en la que estudiantes de medicina observaron la experiencia de los pacientes dentro de un servicio de urgencias. La imagen que utilizaron para representarla combinaba la atmósfera onírica de La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, con el movimiento frenético del personal al otro lado del box. La metáfora resulta eficaz: mientras el hospital funciona a toda velocidad, el paciente puede sentirse inmóvil, suspendido en una especie de presente interminable.
¿Por qué “liminalidad cinematográfica”?
A partir de la combinación de esas perspectivas, el autor propone el concepto de liminalidad cinematográfica. La expresión intenta reunir dos rasgos. Por un lado, la “liminalidad” señala el tránsito entre identidades: de persona sana a paciente, de paciente a diagnóstico, de diagnóstico a alta o ingreso. Por otro, lo “cinematográfico” alude a la sensación de contemplar los acontecimientos con distancia, como si se observara una película en la que no se puede intervenir.
El término es sugerente, pero el propio paper insiste en sus límites. No se presenta como una categoría clínica ni como un síndrome reconocido. Se trata de un concepto sensibilizador: una herramienta provisional para orientar futuras investigaciones y facilitar el diálogo entre disciplinas. Una formulación más técnica sería “experiencia liminal de desrealización en un entorno institucional medicalizado”.
Esta cautela es importante. El artículo no afirma que todas las personas vivan las urgencias de la misma manera ni que toda sensación de extrañamiento constituya un problema psicológico. Tampoco pretende demostrar que los cuatro marcos describan exactamente un único fenómeno. Su principal contribución consiste en plantear que podrían estar conectados y que merece la pena estudiarlos conjuntamente.
Una hipótesis abierta
El interés del paper está tanto en su propuesta como en su honestidad metodológica. Se trata de una revisión narrativa, no sistemática, elaborada por un autor sin formación clínica. No incluye entrevistas propias ni datos primarios, y reconoce el riesgo de haber relacionado estudios que emplean métodos y conceptos diferentes. Por eso, la liminalidad cinematográfica debe entenderse como una hipótesis de trabajo, no como una conclusión definitiva.
La siguiente etapa tendría que consistir en escuchar directamente a los pacientes mediante entrevistas fenomenológicas. Habría que preguntarles cómo recuerdan su percepción del cuerpo, del tiempo, de la identidad y de la capacidad de decisión durante la estancia. Solo así podría comprobarse si la metáfora describe una experiencia compartida o si, por el contrario, reúne vivencias demasiado distintas.
En cualquier caso, el paper pone palabras a una sensación que muchas personas reconocen y pocas saben explicar. No sostiene que a la investigación le falten datos, sino que esos datos están dispersos. Su apuesta es sencilla y ambiciosa a la vez: dibujar un mapa común para una experiencia que, hasta ahora, cada disciplina había observado desde su propia ventana.

