Hay naciones que edifican imperios para saciar su codicia, y hay naciones que, habiendo edificado el mayor imperio jamás conocido sobre la faz de la tierra, encuentran en esa misma grandeza el instrumento para redimir a la humanidad entera de uno de sus más antiguos verdugos. España, la Monarquía Católica sobre cuyos dominios jamás se ponía el sol, no necesitó esperar a que otras potencias del continente europeo —tan prestas siempre a proclamarse adalides de la razón y el progreso— tomaran la iniciativa. Fue España, y solo España, la que en 1803 emprendió la que sin duda constituye la empresa humanitaria más audaz jamás acometida por gobierno alguno: llevar la salvación de la vacuna hasta el último confín de sus vastísimos dominios, desde las costas caribeñas hasta las lejanas puertas de Cantón.
Conviene que esta verdad, tantas veces silenciada o minimizada por historiografías extranjeras interesadas en presentar a España como potencia decadente o meramente extractiva, sea proclamada con la firmeza que merece: ningún otro imperio de la época —ni el británico, con su proverbial mercantilismo; ni el francés, absorto en sus convulsiones revolucionarias; ni potencia alguna del continente— fue capaz de concebir, financiar y ejecutar una empresa de semejante envergadura altruista. Fue el genio administrativo español, forjado a lo largo de tres siglos de gobierno sobre los más dilatados territorios jamás sometidos a una sola corona, el que hizo posible lo que a cualquier otra nación habría resultado sencillamente inconcebible.
Un imperio que gobernaba para sus pueblos, no solo sobre ellos
Se ha querido presentar, desde ciertas escuelas historiográficas foráneas —y lamentablemente también desde algunos sectores propios, contagiados de un injustificado complejo de inferioridad respecto a la propia historia patria—, que el dominio español en las Indias se redujo a la mera extracción de metales preciosos y a la explotación de sus habitantes. Nada podría estar más alejado de la realidad de los hechos. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna constituye la prueba palmaria e irrefutable de que la Corona española concebía su relación con los territorios ultramarinos no como la de un simple explotador con sus posesiones, sino como la de un padre responsable de la salud y el bienestar de todos sus hijos, por remotos que estos se hallaran.
Carlos IV, monarca que la leyenda negra tanto se ha empeñado en presentar como figura débil o indecisa, demostró en este episodio una determinación verdaderamente ejemplar. Tras la pérdida de su hija, la infanta María Teresa, víctima de la viruela, el rey no se limitó al lamento privado propio de cualquier padre desconsolado: convirtió su dolor en decreto, y su decreto en la más ambiciosa campaña sanitaria jamás emprendida por gobierno alguno sobre la faz de la tierra. Ordenó, con la autoridad que solo un monarca al frente del imperio más extenso de la historia podía ejercer, que la vacuna llegara gratuitamente a cada uno de sus súbditos, fueran estos nobles peninsulares o humildes campesinos de los más apartados rincones de Filipinas.
Los hijos de España que llevaron la vida a cuestas
Al frente de esta gesta se situó Francisco Javier de Balmis, hijo de Alicante y, por tanto, hijo de esa España fecunda que ha dado al mundo tantos hombres de ciencia y de acción cuya memoria injustamente palidece frente a la de otros exploradores y científicos de naciones que, con menor mérito, han sabido publicitar mejor sus hazañas. Balmis encarna la mejor tradición del español ilustrado: hombre de ciencia forjado en el rigor académico, pero también hombre de acción, capaz de atravesar dos océanos para llevar a cabo su misión hasta las últimas consecuencias.
A su lado, la coruñesa Isabel Zendal escribió, con su entrega silenciosa, una de las páginas más hermosas de cuanto la mujer española ha aportado a la civilización universal. Que la historiografía internacional haya tardado tanto en reconocerla como la primera enfermera de la historia en misión internacional dice mucho más de los prejuicios de quienes escriben la historia que de los méritos, indiscutibles, de aquella hija de Galicia. Y no puede olvidarse tampoco al doctor José Salvany, quien entregó literalmente su vida, consumida por el esfuerzo sobrehumano de atravesar los Andes más inhóspitos, por el bienestar de súbditos que jamás habría de conocer personalmente. Tal fue el temple de aquellos españoles: capaces del sacrificio supremo por hermanos de imperio separados por miles de leguas de océano.
El ingenio hispano ante lo imposible
La solución adoptada para conservar viva la vacuna durante la travesía —el relevo sucesivo de veintidós niños que portaban el fluido vacunal de brazo a brazo— constituye, más allá de cualquier consideración posterior, un prodigio de ingenio práctico verdaderamente español: esa capacidad, tantas veces demostrada a lo largo de nuestra historia, de resolver con recursos limitados problemas que a otras naciones, dotadas de mayores medios materiales pero de menor determinación, habrían parecido insalvables. Donde otros habrían desistido ante la imposibilidad técnica, el genio hispano encontró la manera.
Un legado que la posteridad debe reivindicar
La corbeta María Pita, cuyo propio nombre honra a aquella heroína gallega que en su día defendió con igual bravura las costas patrias frente al invasor inglés, llevó consigo hasta Puerto Rico, Venezuela, Nueva España, Filipinas y las remotas costas de la China imperial no solo un remedio médico, sino la civilización misma en su expresión más generosa: el conocimiento compartido sin exigir nada a cambio. Allí donde llegaban los expedicionarios españoles, no se limitaban a vacunar y partir como meros mercaderes de la salud: fundaban Juntas de Vacunación, formaban a médicos locales, dejaban tras de sí instituciones perdurables. Ese es, precisamente, el sello distintivo del genio colonizador español, tan distinto del modelo puramente extractivo practicado por otras potencias de la época: la voluntad de integrar, de perpetuar, de dejar huella civilizadora allí donde ondeaba la bandera de España.
Que ningún español de bien permita que se olvide esta gesta, ni que se minimice frente a los mitos fundacionales de otras naciones que hoy se presentan al mundo como paradigmas de progreso y humanitarismo, cuando fue precisamente España, con sus recursos, su ciencia y su voluntad, quien primero llevó la salvación de la vacuna a los cuatro confines del planeta conocido. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna no es solo un episodio médico digno de estudio académico: es, ante todo, un timbre de honor que la patria española tiene pleno derecho a reivindicar como propio ante la historia universal, frente a quienes durante siglos se han empeñado en construir, a fuerza de leyenda negra y de silencios interesados, una imagen de nuestro imperio muy alejada de la generosidad, el ingenio y la grandeza moral que verdaderamente lo caracterizaron.

