En la política española, el dogma partidista ha terminado por devorar cualquier atisbo de visión a largo plazo, hasta el punto de que muchos líderes prefieren comprometer el porvenir del país —e incluso el de sus propios hijos— antes que ceder un solo milímetro en la batalla ideológica.

La incapacidad de encontrar la virtud en el centro

Aristóteles situaba la virtud en el término medio, pero en España la moderación se interpreta históricamente como cobardía o traición. Padecemos una idiosincrasia colectiva donde la política se vive con el encarnizamiento del fútbol, premiando al «forofo» y castigando al pragmático.

  • El votante de bufanda: El electorado tiende a actuar como una hinchada incondicional. Se perdona la mala gestión propia, pero se combate férreamente cualquier acierto del rival.

  • El castigo al consenso: Cualquier intento de construir un espacio central o pactar grandes temas de Estado es devorado por la polarización. El pacto se penaliza; el exabrupto se aplaude.

  • La trinchera como hábitat: Los partidos han descubierto que movilizar desde el miedo y las tripas es más rentable a corto plazo que proponer reformas complejas pero necesarias.

El coste real: Una hipoteca intergeneracional

Es desolador ver a representantes públicos que, siendo padres y madres, apoyan o aplazan decisiones clave simplemente por no salirse del guion de su sigla. Cuando la ideología ciega el sentido de Estado, los perjudicados directos son los jóvenes que hoy no votan:

  • Educación en bucle: Una sucesión ininterrumpida de leyes educativas según el color del Gobierno, convirtiendo las aulas en un laboratorio ideológico en lugar de un motor de excelencia.

  • Deuda y pensiones: La constante negativa a abordar los grandes desequilibrios económicos por cálculo electoral, traspasando una factura inviable a las siguientes generaciones.

  • Proyectos de país bloqueados: Políticas de agua, ciencia, vivienda o infraestructuras paralizadas no por criterio técnico, sino por el sesgo del mapa político local o autonómico.

Gobernar pensando en el país de las próximas tres décadas requiere la valentía de defraudar al hooligan propio. Mientras el electorado siga alimentando el «forofismo» de trinchera y despreciando el consenso, España seguirá condenando a las futuras generaciones a pagar los platos rotos de nuestro sectarismo.